Cultureta de pacotilla

El rincón cultural cotidiano

La gota que siempre quise en mi jardín

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Un día me levanté en mi oscura habitación que recuerda a uno de los ataúdes de los vampiros. Con los ojos aún dormidos y semicerrados corrí la cortina negra, capa tras capa, causándome un dolor que iba in crescendo en toda mi piel blanquezina y en los ojos marrones avellana debido a la claridad tras la nocturnidad. A veces pienso que estoy hibernando, que soy un murciélago, una sanguijuela y cuando estoy de vuelta en la realidad me planteo cuál es el mejor estilo de vida, si el sedentario o el migratorio, el de los esquimales o el de los nipones, el de los osos polares o el de los koalas australianos.

 

ImagenDe pronto siento que algo ha cambiado, hay algo diferente; el ambiente de mi dormitorio es distinto, está cargado, hay humedad. Y siento la inquietud de mirar hacia la ventana. Y lo veo. Y lo siento. Ahí está la respuesta, en la ventana. El marco de la ventana está mojado, pero la humedad es diferente. Ya no es solo ese cristal empañado debido a las largas horas de sueño en esta cajita de cerillas. No. Es diferente. Si. Siento un escalofrío que recorre todo mi cuerpo. La humedad, el ambiente cargado, el marco mojado. Y de repente veo algo más. Veo cómo una gota de agua, creada a causa de la condensación, está cayendo, en un intento deliberado y repentino de llegar al suelo. Es una gota regordeta, perfecta en su forma. Una gota de esas que dibujamos cuando pintamos la lluvia caer, transparente, como una lágrima. Coge velocidad, pero de pronto se para. Una brisa fría que siento por mi espalda me hace girar desviando la vista de la gota. Es como si un ángel hubiera caminado, despacio, consciente de su efecto, queriendo decirme algo, por mi dormitorio. No hay nada ni nadie, estoy sola. Me giro para continuar la inspección de la gota. Mi gota. Mi dulce y querida gota. Se ha topado con otra gota. Se unen, se juntan, se hacen una y perfecta. Y siguen su camino. La gota regordeta ahora es una gota gorda. Pienso que su velocidad será mayor y sigo su carrera hacia la meta. Pero no, ralentiza su velocidad, parece que va a cámara lenta. ¿Porqué? Me pregunto. ¿Porqué hay gotas en el marco de mi ventana? ¿porqué se junta una a otra? ¿Porqué hay condensación? Otro escalofrío sacude mi cuerpo y eriza mi vello cuando al mirar por la ventana veo a mi abuelo. No puede ser. Él murió hace cuatro años. Claro. Era otoño. Si. Ahora lo sé. La ventana, el escalofrío, la gota, la brisa que me vino por detrás, mi abuelo en la ventana. El otoño ha llegado y ha entrado por mi ventana para apoderarse de mi cuerpo. Y de mi ventana. Mi abuelo se ha convertido en mi otoño. Frío. Frío. Frío. Pero sobreviviré.  

 

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Esta entrada fue publicada el 20 diciembre, 2012 por en Sin categoría.

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