Cultureta de pacotilla

El rincón cultural cotidiano

Las rocas del equilibrio

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Era Diciembre y pensaba encontrarme lluvia y frío en la costa vasca. Pero vaya sorpresa al bajar del autobús y sentir un calorcito primaveral al que la climatología no nos tiene acostumbrados; 22 grados, sol y ese particular olor a mar que limpia tus pulmones, los depura y te embauca. Entraba en la frontera del pueblo de Zumaia hacia las 6 de la tarde cuando empecé a observar cómo un cielo extremadamente rosa se reflejaba en el mar, también bañado de un rosado atractivo. Poniendo la vista en la profundidad de las montañas, estas se levantaban negras y perfiladas mientras el horizonte se bañaba en oro y celeste.

A 36 kilómetros de San Sebastián se encuentra este pequeño pueblo costero que antaño fue una villa pescadora. Un lugar construido entorno al monasterio de Santa María, regalo del rey Don Sancho de Castilla IV al convento de Roncesvalles en el año 1292, tal y como declara el primer pergamino que cita al pueblo. Asimismo, estos monjes empezaron a ver poblarse la explanada en la que se encontraba el monasterio. No hay una conclusión unánime acerca de ello, pero al parecer, los habitantes del valle de Sehatz cansados de los ataques de piratería decidieron abandonar sus hogares para construir una pequeña aldea amurallada para protegerse de los ataques. Es por esto que hoy en día, en el paseo del faro se exhiben unos cañones que hasta hace poco estaban escondidos en ese mismo paseo y parecían simplemente apoyadores o boyas para amarrar los barcos a su llegada. Cuando la alcaldía decidió renovar el emblemático paseo se llevó la sorpresa de ver esos cañones que habían sido utilizados para la protección de las fronteras del pueblo y sus gentes.

ImagenPaseando por Zumaia me doy cuenta de que es como un circuito de obstáculos. Esquivas una, dos y hasta tres sillitas de niños en un espacio reducido. Madres que ríen, jóvenes padres que llevan a sus niños al parque. Todos se saludan. Todos se conocen. No es fácil volver al pueblo en el que naciste sin llegar tarde donde tus amigos. Con casi 9.500 habitantes es fácil recorrer todo el pueblo en una hora. Salí de casa para aprovechar los rayos de sol que resplandecían y me dirigí al paseo del faro y como el mar estaba tranquilo y en calma pude disfrutar de todo el recorrido, hasta el final, ya que cuando el mar está bravo se cierra una de las partes debido a que en 1960, 6 personas murieron cuando pasaban por allí y una ola gigante se los llevó. Ahora, como medida preventiva, cuando hay marejadas fuertes se cierra.

De allí me fui a la playa (o mejor dicho, cala) de Itzurun, parada obligatoria, para seguir viendo la costa que tan famosa se ha convertido. Encima la ermita de Arritokieta en un tira y afloja con el precipicio, como un funambulista luchando por no caer. La otra playa, la de Algorri, conocida como “la playa de los curas” (debido a que estos tenían un pasadizo bajo tierra desde la iglesia hasta la playa) es un punto de referencia para las puestas de sol. Conocedores de la marea, su fuerza y poder, los zumaiarras saben lo que es bueno. El espectáculo es kenyano. Mar, montaña y el sol decreciente en los acantilados hacen que quieras pasar el resto de la eternidad viendo atardeceres como estos.

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Y punto de encuentro de geólogos de todo el mundo. Sus acantilados, protegidos ahora en biotopo, nos muestran la edad de la tierra como los árboles nos ofrecen su edad mediante los aros de su corteza. Las formaciones rocosas, tan sutiles como caprichosas, han quedado al descubierto por el impacto del mar a lo largo del tiempo. 60 millones de años son los que nos muestran esta vieja y anciana costa que nunca se cansa y siempre está activa (se extiende a lo largo de 15 kilómetros). Ha sido punto de referencia para diferentes películas y documentales. Tanto es así, que en la villa costera se abrió el Centro de interpretación Algorri, para saciar la curiosidad de todo aquel que quiera saber más, incluso se hacen excursiones en barco por todo el recorrido del flysch en temporada estival.

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Pasado pescador

Además, su pasado pescador se hace notar en el gusto de sus habitantes por el pescado a la parrilla. El mejor de los lugares para ello es el restaurante Talaipe, junto al museo Julio Beobide; un asador-comedor familiar situado en el paseo del faro. Tal y como nos cuenta Anne Aizpurua, su abuelo, Ricardo Aizpurua era un hombre de a pie, habitante de Zumaia que pescaba para vender a los burgueses que veraneaban en el pueblo. A Ricardo, cuenta Pepita Irigoien, su viuda, , siempre le gustó una casa antigua, un caserío con su huerta y jardines pero sabía que nunca la tendría debido a su cuantiosa valía. Pero poco a poco, con sus ventas pudo ahorrar para poder comprar la casa con la que siempre había soñado.

La casa se encuentra en la calle Juan Belmonte, un homenaje al torero sevillano que solía lidiar de manera gratuita en la localidad a petición de su amigo, el pintor Ignacio Zuloaga, quien era habitante de la localidad en las temporadas veraniegas, llevando a cabo encuentros intelectuales con personalidades como Ortega y Gasset, Unamuno, Pío Baroja o Valle-Inclán. Su casa, ahora reconvertida en museo para su obra se encuentra en el paseo de Santiago, posible de visitar tan solo mediante cita previa.
Pero estos no son los únicos ilustres de la villa. De aquí salió la bailarina de ballet clásico Lucía Lacarra, quien a los tres años ya sabía que se quería dedicar a la danza.

Tiempo cambiante

Pero todo lo bueno llega a su final. Levanté la persiana de mi habitación y me encontré un cielo encapotado. Me vestí y paragüas en mano salí a caminar. Me paseé por la calle Erribera, llena de pequeñas tiendas y bares y decidí tomarme un café en Bar Metro. De ahí subí las escaleras que te llevan a la fuente de San Juan, punto común en la noche homónima donde se hace la hoguera más grande del pueblo para acceder a la parroquia gótico-románica de San Pedro. Siguiendo el pequeño sendero de manera recta se accede a una calle estrecha y antigua con casitas bajas que desemboca en la nueva biblioteca municipal. Volví mis pasos hacia atrás ya que de ahí volvería a parque Amaia que me llevaría al faro y a la playa. Por no hacer el mismo camino otra vez, retrocedí y bajé las otras escaleras de la iglesia y me adentré en una callejuela estrecha y de piedra, una cuesta que lleva a la ermita de Arritokieta, desde donde se puede observar toda la playa de Itzurun. De camino, hay un pequeño santo, San Telmo que aun no siendo el patrón de Zumaia se ha convertido en el símbolo del pueblo, dando nombre a las fiestas más multitudinarias celebradas en semana santa.

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Una vez en Arritokieta decidí seguir el camino que lleva al acantilado de San Telmo donde mirando hacia adelante se observa la inmensidad del mar y a mano izquierda Algorri. Mirando hacia atrás se ve la playa de Itzurun. No me detuve mucho tiempo ya que lloviendo un traspiés podría ser fatídico. Ya volvería en otro momento. Y decidí ir a comer un pintxo a uno de los bares que más campeonatos de pintxos ha ganado: Bar Kresala. Un pintxo llamado “Mizpira”. Asimismo, conocido por sus buenos cubatas se hace con el clamor del público en cada campeonato. “Llevo toda mi vida trabajando en la hostelería y la buena calidad de los productos es lo que más me importa” dice Cruz, dueño del bar Kresala.

Ahora, como medida anti-crisis, varios de los locales de Zumaia han decidido unirse a la alternativa que ya lleva tiempo en Gasteiz; una sesión llamada “pintxo-pote”, que consiste en pagar un euro y medio por un zurito (caña en España), vino, agua, mosto etc con un pintxo. Se hace los jueves y cada bar hace un solo pintxo que entra en la oferta. Así, “la gente se anima y sale más” dice Peio, dueño del bar Metro.

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Al día siguiente subí a Askizu con mis botas de monte. Desde la primera cuesta se puede ver todo el pueblo de Zumaia; montañas, mar, el faro y el pueblo. Se observa cómo Zumaia era una explanada ahora convertida en una preciosa y acogedora villa.

Camino de Santiago

Zumaia cuenta con un tramo del camino de Santiago, un paseo por la playa bordeando el museo de Zuloaga y el puerto deportivo hasta llegar a la antes mencionada ermita de Arritokieta y el cementerio; poco antes de empezar la cuesta, al lado del convento de San José se encuentra un albergue para peregrinos. Con un camino asfaltado y fácil de digerir se puede visionar una panorámica de todo el litoral, aunando mar, montaña, río, cielo y el pueblo. Pero no es el único albergue, ya que en el paseo del faro, se encuentra una casa familiar llamada “Villa Luz” ahora adaptada y reconstruida con este fin.

En definitiva, Zumaia es un lugar de ensueño para niños y mayores, un pueblo en el que desconectar y vivir de manera tranquila, lejos del bullicio de las ciudades y con todas las comodidades posibles. Asimismo, está hermanado con Zumaglia (Italia) y con Zug Daira, una población del Sahara. Pese a ser una población relativamente pequeña el corazón de sus habitantes es como África, grande. Y cuando cae el sol, se llena de una paz y armonía que me recuerda a mi niñez cuando coleccionaba piedras y las escondía en el cajón.

4 comentarios el “Las rocas del equilibrio

  1. Anónimo
    24 julio, 2013

    Holaaaa !!!!. Dentro de quince dias voy a estar en ese sitio tan bonito que describes, tengo muchisima curiosidad e ilusión porque mi apellido es Algorri ….. y porque creo que esa zona es preciosa, no la conozco. Muchas gracias por el relato es precioso

    • saioa88
      24 julio, 2013

      Hola!!! Muchas gracias, me alegra saber que te ha gustado y más aún que vas a ir a ver el pueblo. Disfrútalo por mí mientras yo respiro polución por Madrid😉
      Espero que lo pases bien por allí No te olvides de comer algún que otro pintxo.

  2. Ianire
    27 agosto, 2013

    Oso ona saio!!!

    • saioa88
      27 agosto, 2013

      Eskerrikasko Ianire🙂
      Dana ondo Zumai alde hortan?

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Esta entrada fue publicada en 12 enero, 2013 por en viajes y etiquetada con .

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